Había ido a visitar Segovia muchas veces, siempre de día, e invariablemente contemplaba con la boca abierta el acueducto que habían construido los romanos hace 2000 años, había comido en Cándido, había visto el interior del casco antiguo hasta la puerta del Alcázar. Y siempre me había vuelto tan contento de la visita y de lo precioso que era Segovia.
Pero un buen día descubrí que en Segovia había más cosas que ver, unos secretos que los segovianos tenían y que yo no conocía.
